miércoles, 8 de marzo de 2017

La llegada de Enzo y Gabriel ( Parte II)


Mi ingreso en el hospital.

...Víctor se quedó atónito, sin saber que hacer, se quedó blanco y yo super nerviosa, temblaba y solo podía llorar, apenas podía articular palabra, le decía a Víctor llama, llama!! y el pobre decía donde llamo? llama a recepción o al número 112 ese!!
Por un momento Víctor volvió en sí y le escuché hablar con el 112, le preguntaron todo lo que se podía preguntar antes de venir. Los segundos se me hicieron eternos.

Bajé a recepción con un camisón de Minnie Mouse rosa y unas bailarinas de purpurina dorada que me había comprado el día de antes, fue lo primero que pillé.
No se si podéis imaginaros la situación, la habitación llena de bolsas, de ropa, todo por medio, lo típico de cuando vas de viaje, un desastre, y allí se quedó todo.

Al llegar a recepción me imaginaba que todo sería como en las películas en las que una mujer se pone de parto, todos me estarían esperando con la ambulancia. Pero no fue así, allí solo estaba la recepcionista, que no me ofreció ni una silla, yo atónita como si flotara en un sueño en el que nadie me veía ni escuchaba. Nadie y cuando digo nadie es nadie, en toda la puerta de sol nadie me miró!!

Y allí estaba yo con mi camisón, mi pelo despeinado y mis bailarinas, aguantándome con un papel mis partes, como si yo pudiera frenar el líquido que caía.
Víctor ni hablaba, solo se escuchaba de fondo la sirena de la ambulancia, perdida, no sabía llegar al hotel, la oíamos una y otra vez rondando por nuestras calles, desesperante!!

Finalmente un guía que hacía excursiones para el hotel se apiadó y fue a buscar la ambulancia y la dirigió hasta el hotel. Nunca le olvidaré, aunque no recuerdo ni su cara, en mi corazón siempre permanecerá guardado mi agradecimiento hacia ese señor.

La ambulancia llegó y otra vez tuve la esperanza de que pudieran hacer algo al recogerme. Algún medicamento, suero, algo. Pero fue más de lo mismo, nadie hablaba, nadie podía darme diagnóstico, era como si la gente supiera que todo estaba perdido! O como si estuviesen acostumbrados a cualquier cosa.
Debía de ser eso!!

Al entrar lloré, lloré con Víctor mientras nuestros peores pensamientos inundaban nuestras cabezas. Me preguntó: el bebé que no ha roto la bolsa se podría salvar?
le respondí un “no”,entre lágrimas y hasta ahí llegó nuestra conversación.

La enfermera de la ambulancia rompió nuestro silencio preguntando de cuantas semanas estaba, al responder que de 24, la ambulancia se paró y se pusieron a llamar a hospitales, cada segundo que pasaba sentía morir, morir por dentro, sin saber que me iba a pasar, que le iba a pasar a lo que más quería en el mundo, sin apenas conocerles.

Por fin la ambulancia volvió a arrancar y nos informaron que nos dirigían al Hospital Universitario Gregorio Marañón. Yo ya más muerta que viva, en mi mente,solo pensaba en lo peor.
No sabía donde íbamos, solo me sonaba el nombre del Hospital de escucharlo por las noticias, sentí por momentos ser extranjera y estar en un país en el que ni siquiera entiendes el idioma.

Perdida y aterrada, entre el sonido de las sirenas, entramos en un túnel. Siempre recordaré el ruido de las ruedas golpeando contra una chapa de tubería que había en el suelo, de momento todo se oscureció, y me recordó a las noticias, cuando sucedió el atentado del 11M. No se si vi ese hospital por televisión o fue la percepción del miedo que sentí, pero aún hoy al recordar ese ruido, siento esa sensación de pánico e inseguridad que me envolvió en aquel momento, tan difícil de olvidar.

Una vez en urgencias, me colocaron las cintas que se ponen cuando vas a monitores, para controlar las pulsaciones del bebé, si hay o no contracciones, el nivel y tiempo en que se producen.
Seguía sin saber que iba a pasar, me hicieron una analítica y pasé a ver a la ginecóloga. Era una chica muy joven, además no muy cariñosa, para este tipo de situaciones.
Su primer diagnóstico fue que me orinaba, le respondí que sabía que no me orinaba, pero que ojalá fuera solo eso. Me dijo que muchas embarazadas sin darse cuenta se orinan. que era algo normal y que nos podíamos ir a casa, que todo estaba bien, por lo que como no podía volver mojada y en camisón al hotel, Víctor cogió un taxi y fue a por mi ropa.

Mientras tanto, sola, empecé a tener contracciones, me tumbaron y me hicieron por segunda vez una prueba que indica si era líquido amniótico lo que perdía o no, me volvió a salir negativo, pero como tenía contracciones me quedé ingresada.
Llamamos a mi madre, contándole lo que había pasado, ella se encargó de llamar al resto de la familia, en principio todo quedaba en un susto. Y yo me quedaría en el hospital en observación por esa noche.
Todavía no había pasado ni un par de horas, desde que me habían pasado a planta, que volví a sentir como me caía otra vez el líquido, ahora del color de la sangre.
Las enfermeras llamaron a la ginecóloga, repitieron el test, y no hizo falta resultado, solo con la expresión de su cara, supimos que la cosa no iba bien. Efectivamente salió positivo, una placenta estaba rota. La de Enzo.

Os preguntareis, ¿ por qué tenía que ser la de Enzo?
Por que su papá quiso que el primer bebé en nacer se llamara Enzo y así fue.

Volvemos a la habitación de hospital. No se deciros ni que número era, por que no salí de allí en una semana. De urgencias me subieron en una silla de ruedas a la habitación, y como de dentro de la ambulancia no se veía nada, no sabía ni donde me encontraba, totalmente desubicada. Una sensación muy rara. De la habitación del hotel, a esa tan fría. Mis vistas fueron durante 7 días, una ventana con rejas que daba a un pasillo solitario.


Estuve acostada durante todo ese tiempo, recuerdo la voz de una enfermera diciéndome: no te muevas, has de ser una incubadora humana, y eso es lo que fui. Ni para ir al baño me levantaba, tan solo para ducharme cada mañana, ese momento junto con el horario de las comidas se convirtieron en los mejores ratitos del día, durante toda esa semana.

Continuamente venían a visitarme enfermeras y ginecólogas, solo puedo dar las gracias a todas ellas, me sentí muy bien cuidada, fueron todas muy cariñosas, por las noches venían y me ofrecían tomar algo calentito, para que descansara mejor.
Sabía el tiempo que había pasado mientras estaba ingresada, por sus turnos, trabajaban dos días y libraban uno. Al volver cada una de ellas de su día libre, venían a visitarme,con la voz en alto de buenos días princesa !! un día más!! a mi y al resto de chicas que estaban en esa planta nos alegraban los días.


Ellas también se ponían contentas de encontrarnos todavía allí, eso quería decir que los bebés seguían dentro.

Pero de entre todas las visitas, la que más nos tranquilizó fue la de una médica neonatóloga a la que guardo mucho cariño.
Entró por la puerta con un semblante serio, pero me habló muy dulce, me explicó que podría pasar y qué protocolo se sigue en esos casos.
Nosotros solo queríamos oír de su boca, si los bebés sobrevivirían en caso de que me pusiera de parto.
Todavía recuerdo su voz y su mirada fija hacia nosotros, desde los pies de la cama, diciendo:
En estas semanas la probabilidad de supervivencia es alta, aunque son prematuros muy extremos, pueden sobrevivir. Y en este hospital estamos preparados para recibirlos, pero por supuesto no les vamos a invitar! Y vamos a hacer lo posible para que no quieran salir!!

Me dijo que estábamos en el mejor Hospital de Europa en cuanto a neonatología. Y no se equivoca.
Nos explicó todo, paso por paso, diciendo ente otras muchas cosas, que era muy importante que los bebés lloraran al nacer, eso significaría que la cosa estaba yendo bien.
Fue muy clara y contundente, pero sus palabras nos tranquilizaron.
Se despidió diciendo: tú solo piensa que eres una campeona y que ya llevas tres días en cama. Cada día en tu tripa, equivale a una semana de incubadora!!

Ya 4 días y los bebés todavía permanecían ahí dentro, se iban sumando días, pero también perdía cada vez más líquido amniótico del que producía.

Por eso el control tan riguroso, a cada momento se me monitorizaba para escuchar sus corazones, la tensión era horrible, al ser dos y tan pequeños, costaba encontrar sus latidos, así que, imaginaos por un segundo, no escuchar el corazón de vuestros pequeños, el silencio se hace eterno, cuando de repente: pum, pum, pum, pum. Ahí están, qué alegría oírles!!

A todo esto había que sumarle los medicamentos y sueros que tenía al día, ya no me cabían más agujas ni hematomas en el cuerpo, que sí pinchazo para que me circulara bien la sangre, que si otro para la maduración de los pulmones de los peques (corticoesteroides prenatales), antibióticos para que no se produjera ninguna infección y pudiera pasar a los bebés, y tocolíticos que son unos ciclos de medicamento, para frenar las contracciones.

En fin, los días eternos fueron pasando y llegó el viernes, ya llevábamos casi una semana, por fin mis padres podían venir a visitarme, solo pudimos abrazarnos muy muy fuerte, hasta conseguir dejar de lado la emoción y hablar.
Ellos como cualquier padre o madre lo haría, intentaban animarme, ocultando su tristeza y preocupación. Me trajeron varios regalos y dulces de gente de mi pueblo que me mandaba su apoyo.
Mi padre no paraba de decir tonterías y bromas, pero la expresión de su cara no era la de siempre, sus ojos tristes no acompañaban a su sonrisa.
Mi madre se quedó esas dos noches conmigo, en el sillón en el que Víctor había mal dormido 5 noches.





Por fin el pobre iba a descansar en una cama!!



Anécdota:“Os voy a contar algo que fue muy gracioso, casi nunca salía del hospital, para no dejarme sola pero cuando lo hacía, me iba describiendo que había por el alrededor, para que yo me lo imaginara. Uno de esos días vino diciendo que había visto un Corte Inglés y le dije, pregunta si te dejarían ponerte en la habitación por la noche un colchón hinchable, y vas y te lo compras !!
Pero como es tan bueno que no quería dejarnos ni por un segundo, lo compró por Internet, dando la dirección del hospital. Y Claro nunca llegaba!! Total que al final fue y compró uno al Corte Inglés. La dependienta le dijo que era muy bueno y que se hinchaba solo, el pobre se vino super ilusionado y el colchón casi podía caber en el bolsillo de una chaqueta. Al inflarlo os podéis imaginar! Jajaja, era la típica esterilla de tienda de campaña! jajaja eso me hizo reír, incluso le hice fotos!!
Imaginar nuestra habitación, las maletas, las compras que habíamos hecho, la ropa que Víctor se lavaba, tendida de la ducha, la alfombrilla, aquello parecía un camping!!”



Mis padres estuvieron allí hasta el domingo, hablábamos de cuando nacerían los bebés, unos apostábamos en agosto, otros a finales de julio. Mi madre decía que si ya había aguantado tanto, por qué no iban a aguantar más dentro de mi tripita?

Por la mañana empecé a tener contracciones y llevaba dos días manchando mucho.
Las enfermeras me dijeron que si no se me pasaba me volverían a poner otro ciclo más, ya que habían pasado los tres días desde el primero.
No hizo falta, las contracciones cesaron. Me animé pensando que tal vez mi familia tenía razón, ya había pasado una semana. Y por qué no otra?
Llegó la tarde y las despedidas también, mis padres se tenían que ir de vuelta a Villajoyosa, un pueblecito de la costa en Alicante.
Mientras yo pasaba la tarde abanicándome, nunca había pasado tanto sofoco, incluso con el aire acondicionado puesto, estaba asada de calor. Algo se acercaba.
Hacia las 16:00h empezaron otra vez las contracciones, la enfermera de esta hora no fue tan amable, me las controlaba, pero me dijo que todas las embarazadas teníamos contracciones y que había que aguantar.
¿qué quería que aguantara? ¿ No sería un aviso de que los pequeños querían salir?

Hacia la noche, a eso de las 20:00h me pusieron un gotero, para intentar frenarlas.
Cada vez eran más fuertes, así pasé horas y horas, mientras me iba visitando la ginecóloga para ver si el cuello del útero estaba más corto.
Sobre las 22:00h no podía más, les dije:
 "por favor parar esto como sea!! me respondieron que si no se frenaban las contracciones, ya poco se podía hacer y me bajaron a paritorio.
Mientras me bajaban en la cama,, retorciéndome de dolor mi cabeza apoyada en la almohada, solo recuerda paredes y techos blancos de pasillos larguísimos.
Yo creía que al llegar a paritorio el tema terminaría rápido, una cesárea y los bebés fuera. Adiós dolor y hasta luego sufrimiento.
Pero el dolor duró 10 horas más y el sufrimiento todavía nos acompañaría meses y meses, hasta salir todos del hospital.

En aquella sala pasamos la noche,nunca supe donde habían nacido mis bebés, por que entre los nervios de Víctor, el miedo y mi dolor, nuestra mente estaba en blanco, como para recordar con nitidez los pasillos de aquella sala. Solo recuerdo que estaba oscuro, que yo gritaba y gritaba, mientras Víctor encogido en una silla lloraba sin parar. Me pincharon varias veces, para que no sintiera dolor. Le pedía continuamente a la ginecóloga que los sacara , que me moría.
Ella me decía que tenía que hacerlo por ellos, aguantar a ver si retrocedía el parto, y dilaté hasta 6 cm y medio. No quería aguantar más dolor, sabía que mi cesárea ya iba a ser inminente, los peques querían salir, ¿ por qué me dejaban pasar tanto dolor?

Pues por una razón muy importante, los corticoesteroides prenatales son vitales para los bebés prematuros, aceleran su maduración pulmonar y el pinchazo que me habían puesto para ello, tenía que hacer efecto.
Así que hacia las 10.00h de la mañana me metieron a quirófano,como un zombi, pero un zombi aterrado, con mucho miedo.
Me sentí sola ante tanto. Siempre recordaré aquel momento de impotencia acompañado de terror, me sentí como una niña cuando la separan de su padre. El rostro de Víctor, entre lágrimas,sin querer soltar la barra de mi cama, reflejaba miedo, y rabia por tenerme que dejar. La camilla empezaba a moverse, mientras me iba hacia dentro, dejándolo solito. Empecé a sentir frío, el frío de un quirófano, que hace que tu cuerpo tiemble incontrolada mente, hasta que finalmente te sedan.

Solo veía entre mi nublada y aturdida vista luces, luces en el techo y gente que me hablaba.
Entre todas las voces recuerdo dos. Primero, la de un hombre muy cariñoso, que me dijo :
no te va a pasar nada, yo estoy aquí contigo, mientras me acariciaba la cara.
De mis ojos caían lágrimas, sin apenas mover los párpados.
Me acurrucaron como un caracol, para pincharme la epidural y sentí que flotaba, se que estaba en una camilla, pero me sentía en el aire, como si me estuvieran sujetando dos hombres en brazos.
Ya no podía pasar más miedo, ni dolor, así que me dije Marta lo que tenga que ser, será, y como quien entrega su cuerpo, por que ya no puede más con el alma, dije dentro de mí, me rindo!

Y de repente mucho olor a pollo quemado, dos meneos de tripa y entre el silencio un llanto como el de un gatito que acaba de nacer, un llanto débil pero continuo.
10:39 h sentí felicidad, al mismo tiempo que me decían mira este es tu bebé Enzo, (esa fue la segunda voz preciosa que recuerdo) y envuelto en una sábana me lo enseñaron muy rápido, pude verle la carita, una carita redondita y pequeña.
Pensé venga ya está, todo ha salido bien, ha llorado!! ahora falta Gabriel, solo necesitaba escuchar su llanto para llenarme de energía y todo habría pasado. O al menos eso creía yo.
10:45 h, 6 minutos después que su hermanito, nacía el pequeño de los dos, con la cara más larguita y el mismo mini llanto, me lo enseñaron y se los llevaron, me dijeron vamos a enseñárselos a papá.




Papá estaba desesperado, pasillo arriba pasillo abajo, solo preguntaba por mi, dice que lloró y sintió mucho miedo de perderme.

















Por primera vez conocería a sus peques y a la que sería su habitación por un tiempo. La UCI.

Continuará.....




5 comentarios:

  1. Bufff,que Llorera !!!y dentro de lo que cabe,aún tuviste suerte de que te atendiesen en ese pedazo de Hospital.Lo del quirófano, te entiendo tan bien...Que miedo,verdad?? Yo con la segunda estaba aterrada,cogía mano de una de las médicos y ella ,muy maja,me la soltaba.Me puse tan nerviosa que me tuvieron que sedar entera ,una vez que sacaron a Ana,que era también indescriptible (un gatito de 780 gramos).Yo también estuve ingresada días antes, y recuerdo las palabras de una gine:engordar se ,no se va a engordar dentro de la tripa porque tu placenta no le alimenta... Y yo desesperada porque esos días de ingreso,antes de cesárea, no veía a mi otra hija que también era un bebé de un año,cuanto lloré!!! Al final una matrona me hizo un pase y permitían que viniese a verme.Seguiré yo también contandote.Besos

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  2. Marta cariño me a encantado���� sois unos super papas y los bebes la alegria de vivir me e enganchado a la historia me quedao con ganas de mas.. ❤ @fanny_dc2

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  3. Marta, quina plorera tinc. Es tan dur i tan bonico a la vegada.
    Una auténtica heroïna.
    Enhorabona per el blog i per la familia que haveu creat.

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  4. Marta, quina plorera tinc. Es tan dur i tan bonico a la vegada.
    Una auténtica heroïna.
    Enhorabona per el blog i per la familia que haveu creat.

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  5. Madre mía Marta que momentos, que emociones y sentimientos. Me he emocionado como 10 veces y se me han saltado las lágrimas solas. Deseando seguir leyendo. @marisantiso_manualidades

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